15 de abril de 2017

ENFRENTE




Acude a la sesión puntualísima, que no suele. Judith se sentó frente a mí con las piernas recogidas contra el pecho y esbozó una sonrisa plena, bruñida.

Hoy tengo mucho para contarle, le ruego que no me interrumpa –Judith advierte- porque sucedió. Hablé. Le hablé justo cuando se cumplían los 11 meses y 13 días que se mudó al edificio de enfrente.
Desde un tercer piso como el mío pude verlo cada día en su departamentito más abajo sin persianas sin cortinas; junto a la ventana le llegan palabras empujándose, aguijoneándose, para esos versos que desearíamos usted y yo que nos sujetasen. En cuanto el crepúsculo prende una lucecita absurda, estruja y tira papeles.
Los domingos baja a desayunar a la esquina, muy temprano, cuando la gente todavía sonambulea. Desde mi balcón lo imagino en la mesita del fondo junto al mostrador, revisando en parsimonia los diarios, poeta sigiloso azorado ante el dolor del mundo.
Este domingo bajé yo también.
Me puse mi saquito naranja y zapatos puntera de tachas. De ojo pintado bajé. En el barcito me acodé en la barra a charlar con el cajero que me conoce desde chica. Vigilé el reloj tramo a tramo de su minutero. Arribó al fin y se ubicó tan cerca de mí que no pude sino saludarlo. Me respondió con deferencia con esa su voz de trovador. Yo: muda. Y cuando terminó de tintinear su tacita de café, él, el que las poesías desgrana, me dijo te conozco, eres la del balcón amalvonado.
Él reconociéndome y yo sin confirmar que era la que era.
Él asegurando que le gusta verme poniendo al resguardo mis prímulas cuando la lluvia cuando el viento, y yo tiemble y tiemble.

Le ofrezco la caja de pañuelos a Judith que llora sin prisa. No es tristeza.
Si bien el poeta poeta no era, y si bien ella no le confesó que vivía para contemplarlo y para quererlo, desayunaron juntos y la plática continuó en las veredas y en los senderos y en ese parque en que las hamacas, y fueron develando el uno al otro todas y cada una de aquellas cuestiones que los hicieron ser los que venían siendo.




foto: Genoveva Ayala

31 de marzo de 2017

FAVORITO






… y entonces, cuando parecía que el mundo a detenerse marchaba, contestó el teléfono.
Era ella.
Era ella como siempre adulzada en su voz mariposa y esas frases que enhebra con entredós y cairel. Y lo que desliza llega como si la travesía que atravesé no nos hubiese separado, y yo perseverara sus regazos tal como solía cuando me dejaban por períodos indeterminados a su cuidado.
Y me cuidaba.
Cuentos, antes de la noche y en la noche misma si la oscuridad (me) urgía; mano en sus manos si la fiebre y el doctor jarabeaba. Me bañó con palangana y cuando el colegió me atormentó me arrebujó en tanto ella tarareaba esas canciones de mi infancia sin amigos de la infancia.
Yo era su nieto favorito, decía.
Y lo decía a pesar de que era el único nieto.
Y lo decía sabiendo que mi madre –su única hija- no regresó de la estrella a la que hubo de partir. Y yo, que supe lo que cualquiera en mi situación habría sabido sobre la estrella donde habitan las madres que no han de volver, me comporté como ese favorito camino a ser el hombre de ala extendida que esperaban.
Vivo lejos.
Y lejos de ella.
La cuidan y la alimentan. Sus días transitan. Sé que comprende si no puedo regresar cuando cuestiones inverosímiles e imposibles me instalan justo en este lugar de todos y tantos lugares posibles.






2 de marzo de 2017

SIN ALAS, POR SUPUESTO





David, un ex paciente, me envió este mensaje:

"Ignoro si existe el Cielo pero de ahí vino justo en el momento en que atravesaba mis tinieblas.
Llegó de ángel -sin alas por supuesto, sin alas-, a lo sumo un arrebol un aleteo. Llegó a este lugar donde las rocas, nube y médano.
De inmediato dedujo que mi andar separado de la manada es lo que incita a los lobos. Entonces tomó mi mano y caminó a mi lado. Cantó y su canto fue avanzando y ascendiendo para darme un nombre, un alias.
En mi piel escafandrada pastoreó sus caricias y besó cada mueca en mi boca. Desnudo mi cuerpo ofrecí al que ella ya ofreciera y fuimos garza y fuimos oso. Fuimos tifón y remolino hasta que el amanecer se impacientaba en las cortinas.
Me hizo hombre, persona de carne y huesos, un bípedo más en la naturaleza.
Mostró que el querer desenmaraña y que amar supone obstinación e indisciplina.
Usted sabe que largamente he pasado los cuarenta y los cincuenta y estoy convaleciendo. Pero aunque la muerte me considere su legítima presa ya ha dejado de inquietarme, ya he dejado de invocarla...".





12 de febrero de 2017

DILEMA




La empujaron. Cayó para atrás. Le robaron la mochila. Desde ese momento Tiny emprendió una nueva vida.


Ruido metálico. Y metálico el hedor. Abrió los ojos. Mantuvo los ojos abiertos y recién después de… ¿diez segundos, media hora, tres días?... su madre se dio cuenta y se abalanzó sobre ella y le contó dónde se encontraba y desde cuándo . He ahí a su padre, lento, como extraviado.
No podría Tiny indicar si   rompe el día allí afuera. Ni cómo es estar despierta cómo dormida. Transcurren… ¿toda una tarde, un par de semanas, casi un mes?… y aún permanecen esas intransigentes nieblas en el techo.
Tras medio año le dieron el alta.
Del living ya han quitado el mobiliario para dar espacio a esa, su cama especial, más la silla de ruedas más un sofá para el que la acompaña cada noche, cada noche.
Doctores escurridizos no aluden al futuro. A veces Tiny parece sonreír. A veces dice algo que en un tiempo que ya nadie computa lograrán escuchar.


Visité a la familia. Conozco a Tiny desde que iba al kínder. Me acerqué y le besé la mano y le susurré qué importa qué. Tampoco importa si me reconoció.
En el pequeño patio, a la altura de los naranjos, hicimos un aparte con su padre. Me atreví a preguntarle.
-¿Cómo estoy yo?  
-Sí, cómo estas…
-Pues veras, amiga mía, estoy en un dilema. Imaginate: a veces espero localizar a esos dos tipos que le robaron a mi hija sus chucherías, y con un bate de béisbol romperles todos los huesos. Pero… resulta que estoy en contra de que se haga justicia por mano propia. Y en otro momento quisiera que la policía los encuentre y que un jurado los sentencie a la silla eléctrica. Pero… sucede que estoy en contra de la pena de muerte. Me preguntas cómo estoy: ya ves: estoy inmerso en un verdadero dilema.




29 de enero de 2017

DE PASO




Estaba de paso. Pasaron juntos tres días dos noches sin sosegarse, sin mirar afuera. No tenían siquiera veinte años.
Le contó que era holandés, que había nacido en Volendam, un pueblo pesquero a orillas del lago Ijssel. Le mostró una foto del portón amarillo de su casa, de su perro salchicha. Le dictó el nombre de pila y apellido y cómo se pronunciaban, a más del número telefónico. Partió.
Decidió ir a buscarlo, sin avisar.
Inventó una excusa y la abuela financió el viaje. Llegó al pueblo. El número telefónico que portaba no existía. Seguramente anoté mal, se dijo. Buscó en la alcaldía. Buscó puertas amarillas. Y hasta perros salchichas buscó. Finalmente se lanza a deambular por el amarradero, en la peatonal, a la espera de que un milagro la alcance.
Desde el primer día supo que tendría que estar alerta a los días que arribarían para que no se le cayeran encima. Trabajó de lavaplatos, de cuida viejos, de moza. Así, aunque nunca lo encontró, se fue quedando. Aprendió el holandés, estudió Biología, da clases en la Universidad.

25 años después está de paso y me consulta.
“Imagínese: al principio era tanta la soledad que no cabría en la palabra soledad.
De a poco acopié amigos que son familia. Me casé y me divorcié de un pakistaní. No tuve hijos. Ahora estoy en pareja con un holandés que me quiere como no soy capaz de quererlo.
Vine a desarmar la casa de mis padres. Y mientras amontonaba y almacenaba me di cuenta -no quiero sonar patética – que emigré hacia mí misma a pesar de ir tan lejos. También me di cuenta que acá, de donde zarpé, había permanecido algo que solo yo podría recuperar.
Tengo miedo de quedarme. 
Tengo miedo de irme.
Ya no soy de aquí. Tampoco nunca fui de ahí.
Me he tomado este tiempo para pensar. Para sentir. Para escuchar qué me aconsejan.
Por cierto: ¿usted, qué me aconseja?”






18 de enero de 2017

VARONES




-… ¿o debería sentir otra cosa? Ya sé, no va a responder, no va a decirme lo que está pensando- Piero se lamenta.

Es la segunda sesión de Piero.
Comerciante de 42 años, casado desde hace una década, acaba de nacer su segunda hija. Él ambicionaba un varón. Tempranamente estuvo al tanto del sexo de la criatura y aun así, aun sabiendo que era absurdo, esperó un milagro. Buscó y rebuscó pero no halló forma de consolarse. Tampoco pudo evitar la decepción al estrechar a la bebita, ni de sentir pena por su decepción, ni de avergonzarse por su pena.
Cuando Piero nació, su papá estaba ausente por cuestiones laborales si bien jamás quedó claro si era ese el motivo. Secreto, secreto. Y al crecer, se enteró de la desilusión de su padre porque Piero era el tercer varón y el que “vino de contrabando”. No encontró Piero forma de consolarse; de tal manera, en cuanto el viejo enfermó rehusó estar cerca y más adelante participar en las ceremonias de su muerte.

Piero ha callado. Dejó de mirarme. Sin duda espera que diga algo, algo que lo consuele.
Permanezco a mí vez callada porque no se trata de abalanzarme sobre historias que se repiten o interpretar reparaciones tardías. No, no se trata de eso.
Callado porque no dejo de preguntarme si es legítimo desilusionarse por la identidad sexual de un hijo. Y a la vez, cómo establecer qué es y no es legítimo en esos casos. O es que acaso son o deben ser sacrosantos los sentimientos de los padres hacia sus hijos…
Tiene razón mi paciente, no voy decirle lo que estoy pensando. No por ahora al menos.







3 de enero de 2017

DOS MIL DIECISIETE







Volví de las vacaciones. Enorme cantidad de mensajes me esperaban. Comparto el de mi paciente Gery:
“Antes de obnubilarme con convites y pan dulce, y a punto del abarrote de votos para el nuevo año, me pregunté si algo -algo real aunque minúsculo, aunque desapercibido- podría hacer para que ya no se engañe, maltrate o destruya a la gente. A toda la gente. A tanta gente.
No he dejado de buscar respuestas, créame.
Pero en el mientras tanto me propuse una mínima tarea que usted quizá considere ingenua, obvia. Hasta cursi. Esa tarea es: respetar a los demás. A uno por uno, a los que tengo cerca o muy cerca, a los que me cruzo en los trajines simples de cada día.
Imagino su cara. Imagino esa forma suya de levantar apenas una ceja cuando supone que me estoy lanzando a rebasar en rojo.
Quédese tranquila: tengo claro que no puede ser un gesto aislado. Y que no se trata de condescendencia. O falsa simpatía. No es ganarse algo a cambio, ni es andar de salvador o propinando recetas. No es ensalzar, ni lisonjear. No se trata de soltar lugares comunes, dar palmaditas. 
Y qué sí es, supongo que querrá averiguar.
Y yo le aclararé que no lo sé.
Y no lo sé porque cada uno tiene ha de concebir la propia forma de respetar al otro. Crear esa forma y ejercerla con pasión para entonces ver qué sucede, qué nos sucede.
¿Dejarán por eso de violentar o devastar en nuestro derredor o en el resto del mundo? Tampoco lo sé, pero por algún lado hay que comenzar.”